
Aunque todos solían escribir en letra minúscula, El Licenciado mandó aquella tarde un mensaje en mayúsculas al grupo de chat, frase que despejaba cualquier duda sobre la importancia del objetivo: Carlos Manzo debía morir allí mismo. Eran las 19.50 del 1 de noviembre de 2025. Faltaban seis o siete minutos para que uno de los muchachos disparase su pistola nueve milímetros contra la víctima. El alcalde de Uruapan, una de las zonas agrícolas más ricas de México, paseaba por la plaza del municipio, que estaba llena de gente. Eran las fiestas del Día de Muertos. Periodistas transmitían en vivo por redes sociales el inicio del Festival de la Vela. Manzo cargaba a su hijo en brazos. Fue entonces cuando El Licenciado escribió: “LES REPITO, NO IMPORTA QUE TRAIGA NIÑO, ASÍ HAY QUE DARLE”.


