Cada pocas semanas, un periódico recoge la misma noticia con protagonistas distintos: un actor teatral o un músico han interrumpido su actuación para pedir a su público —o a alguien particularmente molesto— que, por favor, apague el teléfono. También sucede en los cines, donde, con frecuencia, un espectador abronca a otro por usar su dispositivo en mitad de la proyección. Pero los roces no se producen solo entre desconocidos: algunos comportamientos con el teléfono en la mano se interpretan como falta de atención entre allegados y causan malestar en amigos, parejas o familiares; mientras que en entornos laborales abundan los malentendidos porque comunicaciones digitales que resultan amables para algunos son consideradas descorteses, secas o intrusivas por otros.
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