El niño, de seis años, se escondió. Se agarró a algún tipo de sabiduría ancestral, a un jirón de su escenario infantil recién desgarrado, y guardó allí sus pequeños huesos, su miedo y su espanto, un escondrijo fuera del alcance del hombre malo. Fue el único que se salvó. Su hermana, su papá, su mamá, la chica que le cuidaba, incluso el perro, todos murieron. El hombre malo los mató. Si el niño lo entendió entonces, no se sabe. Si se atrevió a mirar cuando todo acabó, tampoco. Hay un dato terrible, criminal, insoportable: el niño convivió más de tres horas con los cadáveres de todos ellos. Todos juntos en aquel infierno hasta que al fin, a medianoche, llegó la policía.
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