
En una de las entradas del polígono industrial de El Tarajal de Ceuta se ve a dos niños, de tres y ocho años, que caminan cogidos de la mano. El pequeño, vestido con un conjunto de la Patrulla Canina y unas zapatillas de Spiderman, responde a un saludo espontáneo agitando la mano y con una sonrisa curiosa. Se dirigen hacia cuatro frigoríficos abandonados y se meten por detrás. Minutos después, se les ve salir. El mayor se arregla la ropa. Su padre, un hombre con gorra y polo azul, les vigila a la sombra, a apenas 100 metros. “No tenemos baños. Pide por ello”, ruega. Un penetrante olor a orines golpea al cruzar la reja de colores que da acceso al recinto.




