Alcanzaron los ciclistas las faldas del puerto, juez del día porque eran los kilómetros finales, y los rayos precedieron a los truenos y a un diluvio universal, también a una granizada de la que hace daño. Pero, sobre todo, de la que ponía imposible el rodar en la carretera, manto blanco, hielo traidor, terreno resbaladizo y asfalto prohibido, por más que los puristas y románticos exigieran que había que acabar, que esto es ciclismo, que no es lo mismo subir, donde no entraña peligro, que bajar. Pero no lo entendieron así los ciclistas ni la organización, que a falta de 16 kilómetros optaron por detener el espectáculo. “Etapa anulada”, anunciaba la Vuelta. Sin tiempos ni vencedores, sin show de Pogacar, que, se intuía, ya estaba por llegar.
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