En estilos de vida cada vez más predecibles, monótonos y alienantes, las vacaciones se convierten en ese permiso penitenciario que hay que exprimir al máximo. Sexualmente hablando, el verano aumenta el deseo (aunque ya hay teorías que dicen lo contrario, por las altas temperaturas) y los días libres, los viajes y las noches de fiesta favorecen las posibilidades de encuentros eróticos. El problema surge cuando esa posibilidad, explotada por el cine en tantas películas —Vacaciones en Roma (1953), El diario de Noa (2004), Antes del amanecer (1995) o Locuras de verano (1955), entre otras—, se convierte en un deber.
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